Niños valientes ¿Cómo ayudar a tus hijos a superar sus miedos?

Actualizado: 12 de feb de 2019


Mi hijo de dos años, pidió como regalo de navidad a los reyes magos una bicicleta con el dibujo de un robot.

Desde el día que la recibió la ha querido sacar todas las tardes, en cualquier momento del día que abríamos la puerta del garaje ahí estaba él listo para empujar la bicicleta por la cuesta que da acceso a la calle.



A pesar de sus cortas piernas y su corta edad alcanzaba unas velocidades de vértigo, sobre todo teniendo en cuenta que no sabía frenar. Yo, con dos perros con sus respectivas correas y mi hija de tres años también en bicicleta, iba corriendo por la calle gritando “¡¡¡Espera!!!” y haciendo mi sesión de crossfit particular, porque tenía que llegar antes de que hubiera una cuesta donde perdía impulso y caía para atrás.


No quería asustarle diciéndole que se iba a caer porque quería que ganara las habilidades necesarias que compensaran su exceso de confianza y así le enseñé a esperarme de vez en cuando, a usar los frenos y a esperarme antes de cada cuesta arriba.


Pronto, nuestro recorrido se quedó corto y quisimos ampliar el paseo y, una vez hecho el tetris de subir cuatro bicicletas, dos niños y dos perros en el coche nos fuimos a un camino rural a dar un paseo en familia. Un maravilloso camino casi llano rodeado de campo, vacas… de ensueño.

La primera parte del camino tenía una leve cuesta abajo y el día anterior mi hijo se había pellizcado la mano al frenar, por lo que decidió abstenerse de tan doloroso gesto y chocar contra las plantas del borde del camino que daban a una zanja de drenaje llena de agua ante mis gritos y de los mi marido que lo pescó de la capucha un instante antes de caer.


Y así, en décimas de segundo, toda su confianza se esfumó y no solo la confianza, si no su amor hacia la bici (que era mucho).


Lo bajé de la bici, lo consolé, lo abracé y estuve hablando con él. Le dije que entendía que tuviera miedo, que entendía por qué no quería frenar, que todo estaba bien y que yo le iba a acompañar pero ya no se quería sentar, ni sujetarse del manillar, ni pedalear aunque yo fuese andando sujetándole por lo que, el resto del paseo, consistió en un abandono de mi bici y un "remolcamiento" del niño llorando subido en la suya.


Avanzamos un poco más y luego dimos la vuelta para volver, él lloraba y decía que tenía miedo y su estado de nervios empeoraba cuando nos acercábamos al “lugar de los hechos”.


La gente que paseaba por el camino me miraba como si estuviese loca, creo que pensaban ¿Si está llorando por qué no lo baja de la bici? Pues bien, decidimos que era bueno para él que volviera en bici (a lo que él accedió con reservas) para que no asociara el paseo únicamente con la experiencia desagradable y que su ansiedad se redujera poco a poco al experimentar que no pasaba nada. Yo, estuve sujetándolo todo el rato para asegurarme que en ese rato, de verdad, no pasara nada.


Esta experiencia, en la que cometimos algunos errores, me parece un buen punto de partida para escribir 7 consejos para el manejo del miedo y la ansiedad en los niños tras experimentar un episodio desagradable.


1. Busca Un Ambiente Controlable Y Una Experiencia Ajustada A Su Edad


En primer lugar, hay que elegir cuidadosamente las situaciones nuevas para que, en la medida de lo posible, no sean susceptibles de producir una experiencia desagradable. Nosotros cometimos el error de exponer a nuestro hijo a una experiencia para la que no tenía recursos suficientes (o al menos no estaban del todo afianzados). Hubiera sido mejor practicar en un entorno más seguro hasta que frenar fuera una habilidad 100% fiable.


2. Mantén la calma


Los niños interpretan la seguridad o peligrosidad de las situaciones basándose en nuestra reacción. En este caso nosotros gritamos y mi hijo interpretó que se encontraba en peligro y tuvo la respuesta natural ante el peligro: el miedo.



El miedo es una emoción que está fuertemente relacionada con la supervivencia del individuo; existe en nosotros un vestigio adaptativo de nuestros antepasados. Los individuos que desarrollaban una respuesta de miedo y por tanto trataban de evitar ciertas situaciones potenciales de peligro, tenían mayores posibilidades de sobrevivir. El miedo es una emoción muy primaria que genera una respuesta fisiológica potente de manera casi inmediata (se dilatan las pupilas, se acelera el ritmo del corazón, se libera adrenalina…) y, así, el cuerpo se prepara para la huida. Esta “sacudida” fisiológica y emocional es tan fuerte que cuando se presenta se asocia de manera inmediata a los estímulos presentes y estos estímulos quedan registrados como peligrosos en nuestro cerebro, por tanto, la respuesta natural será intentar evitarlos.




Y eso es lo que le ocurrió a mi hijo y es lo que ocurre en un innumerable caso de miedos infantiles. Es muy común que este aprendizaje tenga lugar después de un solo evento y a veces no es necesario que haya ninguna consecuencia desagradable, nuestra reacción puede ser suficiente para que se establezca la asociación.


Por ejemplo, en el caso de Mónica que solicitó atención psicológica para su hijo Pablo de 4 años por una fobia a los perros. Mónica cuenta en la primera sesión que a ella no le gustaban los perros pero que tampoco le daban miedo. Un día, estaba subiendo al niño al coche y un perro se acercó a la puerta y metió la cara. Ella reaccionó gritando “fuera” y discutiendo con el dueño por llevarlo sin correa. Desde ese día Pablo se escondía detrás de ella por la calle cuando veía acercarse algún perro y según se iban acercando la reacción de Pablo era más fuerte: lloraba gritaba y pedía que lo cogiera. Mónica, lo cogía en brazos, se alejaba o se cambiaba de acera y le decía que no pasaba nada. Finalmente el miedo se volvió tan limitante que Mónica decidió buscar ayuda.


3. Actúa como modelo


Como ya es un clásico en los artículos de TCO sobre crianza, os hablamos del aprendizaje social o vicario, que es el mecanismo de aprendizaje a través de la observación y repetición del comportamiento de otras personas. En jerga psicológica esas personas se denominan Modelos de Conducta y es básicamente, lo que somos nosotros para nuestros hijos. Por eso siempre os decimos que es más importante lo que hacemos que lo que decimos de cara a la educación.


En la situación de mi hijo nosotros también íbamos en bici y le enseñábamos como pedalear y como frenar. Él podía observar y repetir nuestras habilidades. Una cuestión muy curiosa del proceso del aprendizaje vicario es la elección del modelo, ósea a quien elige el niño para observar y repetir.



Si estas acompañando a tu hijo a superar un miedo, debes actuar como quieres que él lo haga y aproximarte al estímulo temido tal como crees que él debería hacerlo: con seguridad y confianza y con gestos lentos para que él pueda observar lo que debe hacer y repetirlo. Respeta sus tiempos, esto requiere de mucha paciencia y varios ensayos. El acercamiento debe ser progresivo. El estímulo temido puede ser un objeto, un animal, una persona o puede ser una actividad.



4. Ten empatía pero no escapes


El niño necesita sentirse amado y protegido por vosotros en todo momento, pero no debemos confundir "amar y proteger" con "ayudarles a evitar".

Si nosotros “salvamos” a nuestros hijos de situaciones en las que no existe un peligro real, estamos transmitiéndoles que esa situación realmente es peligrosa. En este caso, protegerle significa estar con él y acompañarlo física y emocionalmente hasta que su inquietud disminuya o desaparezca.


La razón por la que es importante evitar que los niños escapen de las situaciones NO peligrosas que les generan malestar es el papel que la “respuesta de huida” juega en el mantenimiento de la ansiedad. Explicaré esto con un ejemplo: vamos a suponer que mientras estás leyendo este artículo entra un animal por tu ventana, un mapache. Al principio te darás un buen susto y tu ansiedad se disparará y querrás escapar, pero no puedes dejar al mapache ahí por lo que decides esperar a que salga.



Después de unos 5 minutos, si el inoportuno animal no ha hecho nada, tu ansiedad habrá disminuido significativamente y después de una media hora, tu ansiedad será casi inexistente y seguramente tus esfuerzos estarán enfocados a cómo sacarlo de ahí. En este ejemplo podemos observar como al vernos obligados a permanecer frente al estímulo temido nuestra ansiedad disminuye. Sin embargo, cuando huimos antes de que disminuya la ansiedad, ese evento queda registrado en nuestro cerebro como peligroso y suscitador de ansiedad, por lo que es posible que la próxima vez que estemos ante una situación similar nuestro miedo se dispare. A veces esa respuesta de ansiedad extrapola a situaciones similares a la original pero no iguales hasta volverse realmente limitante como es el caso de las fobias (a este proceso lo llamamos generalización).


Por este motivo es importante no huir despavoridos cuando nuestro hijo tiene miedo a papa Noel, a un payaso, a un perro, a una araña, a un tractor, o no apagar el secado o la aspiradora si les da miedo el ruido… o no cerrar el libro corriendo cuando les da miedo el lobo. Hay que leer, pensar, mirar y ver el lobo hasta que deje de dar miedo.

A veces estos miedos son el contenido de los terrores nocturnos de nuestros hijos, que aunque son completamente normales, si ese miedo se supera ese estimulo en concreto perderá la capacidad de suscitar terror durante el sueño.


5. Si la experiencia ha sido negativa y antes era positiva repítela hasta que vuelva a ser positiva


Si al practicar una habilidad por la que nuestro hijo mostraba interés y disfrutaba con anterioridad y tiene una experiencia desagradable, se cae, se hace daño, se asusta, se ríen de él…. Y no quiere volver a practicarlo, invítalo y acompáñalo para que lo vuelva a intentar.



A lo mejor esto implica ir un paso atrás en su autonomía en esa actividad y necesita que le deis seguridad mediante vuestra presencia, es importante estar ahí para intentar, en la medida de lo posible, que la experiencia sea positiva. Así, mediante la repetición, su ansiedad irá disminuyendo y recuperará la autonomía y el disfrute por esa actividad.

Si decidimos dejar la actividad durante un tiempo es muy posible que, al intentar retomarla, el niño se muestre muy estresado y preocupado. Hay que retomarla lo antes posible y sin anunciarlo demasiado, si no como una decisión rápida, ya que la anticipación (el imaginar que va a pasar algo malo) hace que el niño prefiera evitar la situación huyendo más de la sensación de ansiedad que le resulta desagradable que de la propia actividad.


6. Empieza desde bebés


Cuando los niños son pequeños pueden mostrar miedo a diferentes situaciones, personas, animales, objetos…. Desde bebés podemos acompañarles y permanecer con ellos en las situaciones temidas que no son peligrosas hasta que estén tranquilos, y una vez se han calmado, podemos pasar a otra cosa.

Si lo hacemos desde bebés, el niño aprende interactuar con su entorno de una manera más curiosa y exploradora y menos evitativa.


De este modo, se estimula su desarrollo y su aprendizaje y evitamos que desarrolle respuestas de miedo disfuncionales. Esto quiere decir que les ayudamos a que no tengan miedo de las situaciones que no entrañan un peligro real, ya que el miedo es la respuesta adaptativa, óptima y ajustada para las situaciones que sí representan un peligro inminente.


7. Enséñale a protegerse de los peligros reales


Además de enseñarles a no tener miedo en situaciones no peligrosas, es muy importante hablar con ellos sobre los potenciales peligros, explicándole como evitarlos y enseñándoles a identificarlos.

En casa hay que hablarles sobre los riesgos de subirse a muebles o lugares altos, ventanas, el peligro de los productos químicos, medicamentos, los riesgos en la cocina, el peligro de atragantamiento, ahogamiento…. Enséñales a identificar las etiquetas de productos tóxicos, a no manipularlos además de mantenerlos fuera de su alcance. Explícale que si pasa algo debe avisarte para poder intervenir ya que algunos niños no lo hacen por miedo al regaño.

Muéstrale la manera segura de desenvolverse por la calle, la reglas de circulación, pasos de peatones, a usar protecciones cuando realice algún deporte, a permanecer en su asiento y usar el cinturón en el coche.




Explícale los riesgos de la interacción con personas desconocidas, físicamente o a través de Internet, como responder y cómo actuar.

Habla con él sobre su intimidad y su privacidad y de qué manera debe ser respetada por otros adultos o menores y como debe a identificar y responder ante una posible situación de abuso.

Estas enseñanzas deben hacerse poco a poco y cuando detectemos que ese peligro está o puede estar presente. Es posible que debamos repetir muchas veces esta información hasta que estemos seguros de que el niño sabe protegerse. La información no sustituye en ningún caso a la supervisión del adulto, sobre todo, cuando el niño es pequeño.


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Recuerda que la primera sesión es gratuita.

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